Misión a la Luna

🪐 Artemis marca el regreso humano a la Luna; poder, economía y geopolítica; ¿quién gana esta nueva competencia?

Desde nuestra órbita, una mirada al mundo.

El 2 de abril de 1968, se estrenó 2001: A Space Odyssey, la película de Stanley Kubrick que imaginó un futuro donde la humanidad extendía su presencia más allá de la Tierra, con estaciones orbitales, inteligencia artificial y misiones hacia la Luna y el espacio profundo. Fue, en plena Guerra Fría, una proyección de poder tanto como de ciencia. Más de medio siglo después, esa visión la ciencia vuelve a coquetear con la ficción. Con el regreso de misiones tripuladas a la Luna, el espacio vuelve a ser escenario de competencia estratégica, donde tecnología, recursos y alianzas definen el equilibrio de poder. De ese nuevo capítulo —más geopolítico que cinematográfico— hablaremos en el eje central de hoy.

En este Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, vas a informarte sobre todo esto en menos de 10 minutos. 

EJE CENTRAL

Misión a la Luna

  • Vuelve la Luna, pero ahora como poder. Artemis II marca el regreso humano al espacio profundo, pero ya no como hito simbólico: la Luna pasa a ser territorio estratégico donde se juegan reglas, recursos y liderazgo.

  • La carrera espacial es geopolítica (y económica). EE. UU. arma alianzas con Artemis, China acelera su propio programa y el espacio deja de ser exploración para convertirse en infraestructura crítica y nueva economía.

  • El poder se redefine fuera de la Tierra. Más actores, más competencia y más dependencia de lo espacial: quien controle capacidades orbitales y lunares no solo lidera el espacio, sino también el orden global.

¿Qué pasó?

Ayer a las 19:24 horas despegó la misión Artemis II de la NASA desde Florida con cuatro astronautas a bordo, en el primer vuelo tripulado del programa. No es un alunizaje, sino un sobrevuelo donde la tripulación orbitará la Luna y regresará a la Tierra a los 10 días. Serán los primeros humanos en salir de la órbita terrestre y rodear la Luna en más de 50 años.

La misión funcionará como ensayo general del regreso sostenido a la Luna y, eventualmente, de la carrera hacia Marte. Pondrá a prueba sistemas de navegación, soporte de vida y maniobra, y abrirá el camino para los próximos pasos del programa Artemis. Más allá del hito técnico, Artemis es también una señal política: en un mundo fragmentado, es una demostración de que los Estados todavía pueden organizar —y ejecutar— proyectos extraordinarios. 

El contexto es bastante distinto al de la Guerra Fría. Hoy casi 80 países tienen programas espaciales y el espacio está cada vez más comercializado: cerca de dos tercios de los satélites son de propiedad privada, y los Estados dependen crecientemente de empresas para capacidades críticas —desde comunicaciones hasta inteligencia y lanzamientos—.​​​​​​​​​​​​​​​​

¿Por qué importa?

Quién define las reglas del próximo siglo. La Luna deja de ser destino simbólico y vuelve como territorio estratégico. No se trata solo de llegar, sino de establecer estándares, alianzas y normas de uso en un espacio donde todavía no hay un orden consolidado. La presencia lunar sostenida va a determinar quién fija las reglas del juego en la próxima etapa de la exploración espacial.

 De la exploración a la economía lunar. La Luna pasa de hito científico a activo económico. Y la logística para llegar a ella también. Agua, minerales críticos y potencial energético como el helio-3 la convierten en una plataforma de recursos y de futuras cadenas de valor necesarias para la exploración espacial. Con costos de lanzamiento en caída y mayor protagonismo privado —liderado por empresas como SpaceX—, la pregunta central deja de ser tecnológica y pasa a ser distributiva: quién invierte, quién explota y quién captura el valor de esta nueva economía.

Competencia geopolítica espacial. La idea del espacio como “patrimonio común de la humanidad” cede frente a una lógica más dura, la de astro-geopolítica, donde el control de capacidades espaciales se integra directamente al poder nacional. El poder espacial opera en tres planos simultáneos: como herramienta de influencia y diplomacia, como infraestructura crítica (satélites) que habilita poder sin uso directo de la fuerza —comunicaciones, navegación, inteligencia— y como multiplicador militar capaz de alterar equilibrios en tierra, mar y aire.

¿Cómo impacta?

En EE. UU. Redefinió el rol del espacio como infraestructura central de su seguridad nacional. Artemis es arquitectura de poder: define estándares, coordina aliados y construye una red que busca estructurar el acceso al espacio bajo su liderazgo.

• China. Se ha convertido en el principal rival en la carrera espacial. Apunta a lograr su primer alunizaje tripulado hacia 2030 y avanzar luego hacia una base permanente en el polo sur lunar para la extracción de recursos. Su programa forma parte de una estrategia más amplia de construcción de poder autónomo —desde satélites, interceptores hasta presencia en la Luna— orientada a reducir la dependencia de infraestructura dominada por Occidente y disputar el control de las futuras redes espaciales.

• Rusia. Con capacidades más limitadas, el espacio funciona como herramienta de supervivencia geopolítica al permitirle seguir proyectándose como potencia global. Su alineamiento con China no es casual: menos competencia directa, más necesidad de no quedar afuera del nuevo orden espacial.

• Potencias Medias. Actores como Japón y la Unión Europea participan en Artemis, pero con agenda propia, buscando desarrollar capacidades críticas y reducir dependencia. A esto se suman nuevos jugadores como India, Emiratos Árabes Unidos o Israel, que aprovechan menores costos para acelerar su inserción.

• En América Latina. La región no lidera la carrera, pero tampoco queda al margen. Países como Argentina aparecen en el tablero por su infraestructura y capacidades específicas, mientras que potencias externas compiten por presencia tecnológica y estratégica. INVAP diseña y exporta  satélites de observación a más de una docena de países, siendo uno de los proveedores tecnológicos más singulares del mundo en desarrollo. Satellogic opera la mayor constelación de observación terrestre de América Latina, compitiendo en el mercado global de imágenes satelitales. La CONAE articula el programa espacial civil argentino, con satélites científicos desarrollados junto a la NASA y la ESA.​​​​​​​​​​​​​​​​ La UBA y la Universidad de La Plata estarían enviando ahora un micro satélite llamado Atenea como parte de Artemis.

¿Cómo sigue?

  • La NASA espera regresar a la Luna de forma anual (si no logra una mayor frecuencia) con el fin de establecer una base lunar permanente. 

  • Mientras Estados Unidos construye una arquitectura de alianzas alrededor de Artemis, China avanza con un programa propio que apunta a una base lunar permanente en la próxima década, y otros actores aceleran sus capacidades.

Nuestra mirada en ÓRBITA:

Artemis funciona como test para el propio modelo estadounidense. En un contexto de baja confianza en lo público, el programa busca mostrar que el Estado todavía puede ejecutar proyectos de escala, aunque convive con críticas por sus costos —con el cohete SLS superando los USD 4.000 millones por lanzamiento (Boeing) y la cápsula Orion acumulando más de USD 20.000 millones en desarrollo (Lockheed Martin)—, la burocracia y decisiones atravesadas por la política. Al mismo tiempo, gana peso el rol del sector privado —con actores como SpaceX o Blue Origin— y vuelve una pregunta de fondo: si Estados Unidos todavía puede articular esa combinación, siempre incómoda pero efectiva, entre ambición pública y dinamismo privado para hacer cosas grandes.

En paralelo, crecen capacidades para interferir o inutilizar activos en órbita. No hace falta pensar en enfrentamientos abiertos para entender el impacto: buena parte de la economía global depende de esa infraestructura. Comunicaciones, navegación, inteligencia. Todo eso vuelve al espacio un punto sensible, donde restringir el acceso puede tener efectos inmediatos sobre el funcionamiento de un país. En ese marco, reducir dependencias se vuelve central. Tener sistemas propios —o al menos no quedar atado a otros— define márgenes de autonomía.

El tablero es más amplio y más exigente. Estados Unidos busca sostener su liderazgo, China avanza con un esquema propio, Rusia intenta mantenerse relevante y otros actores —Europa, India, Japón, Emiratos— buscan posicionarse sin quedar atrapados en dependencias estructurales. Entrar es más accesible que antes, pero el entorno es más denso. Más actores, más intereses, más fricción. La cuestión deja de ser solo llegar y pasa a ser cómo se organiza ese espacio, en un contexto donde las reglas no terminan de acomodarse y quienes tienen capacidad operativa son los que marcan el rumbo.

En ese escenario, cada avance también funciona como señal. No solo muestra capacidad técnica: posiciona. Empiezan a aparecer acuerdos más acotados entre quienes pueden sostener actividad real y una lógica de gobernanza basada en coaliciones antes que en consensos amplios. Lo que ocurre fuera de la Tierra empieza a reflejar —y a amplificar— cambios más profundos: el espacio se consolida como uno de los ejes donde se redefine el poder global.​​​​​​​​​​​​​​​​

GRÁFICO DEL DÍA

La Luna vuelve a ser terreno de poder

Estados Unidos concentra la mayor cantidad de misiones lunares exitosas, con una ventaja acumulada desde la Guerra Fría. China empieza a cerrar la brecha y se posiciona como el principal competidor, mientras India y Japón se incorporan al tablero con capacidades crecientes. No es solo un ranking técnico: es una señal de poder. La capacidad de alunizar —y hacerlo de forma sostenida— define quién puede operar fuera de la Tierra, asegurar presencia en puntos estratégicos y participar en la futura explotación de recursos. La próxima disputa no es llegar, es quedarse.

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